CAPITULO XX
LAS CUATRO BIENAVENTURANZAS
En el capítulo anterior mucho dijimos sobre el
elemento iniciador del sueño, y es obvio que sólo nos resta ahora aprender a
usarlo.
Cuando el gnóstico ha llevado un record sobre sus
sueños, incuestionablemente descubre al sueño que siempre se repite; éste,
entre otros, es ciertamente un motivo más que suficiente para anotar en el
cuaderno o libreta a todos los sueños.
Indubitablemente, la experiencia onírica siempre
repetida es el elemento iniciador que, inteligentemente utilizado, nos conduce
al despertar de la conciencia.
Cada vez que el místico acostado en su cama se
adormece intencionalmente, meditando en el elemento iniciador, el resultado
jamás se hace esperar demasiado.
Por lo común, el anacoreta revive tal sueño
conscientemente, pudiéndose separar de la escena a voluntad para viajar por los
mundos suprasensibles.
Cualquier otro sueño puede también ser usado con tal
propósito cuando realmente conocemos la técnica.
Quien despierta de un sueño puede proseguir con el
mismo intencionalmente si éste es su deseo. En este caso, debe dormirse
nuevamente reviviendo su experiencia onírica con la imaginación.
No se trata de imaginar que nos estamos imaginando, lo
fundamental consiste en revivir el sueño con todo su crudo realismo anterior.
Repetir intencionalmente el sueño es el primer paso
hacia el despertar de la conciencia; separarse a voluntad del sueño y en pleno
drama, es el segundo paso.
Algunos aspirantes logran dar el primer paso, más les
falta fuerza para dar el segundo paso.
Tales personas pueden y deben ayudarse a sí mismas
mediante la técnica de la meditación.
Tomando muy serias decisiones, esos devotos
practicarán la meditación antes de entregarse al sueño.
Como tema de concentración y auto-reflexión evidente,
en meditación interior profunda, será, en este caso, su problema íntimo.
Durante ésta práctica, el místico angustiado, lleno de
emoción sincera, invoca a su Divina Madre Tonantzín (Devi Kundalini).
Derramando lágrimas de dolor, el asceta gnóstico se
lamenta del estado de inconsciencia en el que se encuentra e implora el auxilio
rogándole a su Madre le dé fuerzas íntimas para desprenderse de cualquier a
voluntad.
La finalidad que persigue toda esta disciplina del
sueño Tántrico es preparar al discípulo para que reconozca claramente a las
cuatro Bienaventuranzas que se presentan en la experiencia onírica.
Esta disciplina esotérica ciertamente sólo es para
personas muy serias, pues exige infinita paciencia y enormes súper-esfuerzos
íntimos.
Mucho se ha dicho en el mundo oriental sobre las
"cuatro luces" del sueño y nosotros debemos estudiar esta cuestión.
La primera de ellas es llamada la "luz de la
revelación", y escrito está con letras de oro en el libro de la vida que
se percibe justo antes o durante las primeras horas del sueño.
Huelga decir, en gran manera y sin mucha prosopopeya,
que, al hacer más profundo el sueño, la indeseable mezcla de impresiones
residuales y la corriente habitual de pensamientos discriminatorios
afortunadamente se va disolviendo lentamente.
En este estadio del sueño se insinúa progresivamente
la segunda iluminación, aquélla que se conoce en el Asia con el nombre
maravilloso de "luz de aumento".
Incuestionablemente, el asceta gnóstico, mediante la
extraordinaria disciplina del sueño Tántrico, logra pasar mucho más allá de
esta etapa hasta capturar totalmente a las dos luces restantes.
Vivenciar claramente el crudo realismo de la vida
práctica en los mundos superiores de Conciencia cósmica, significa haber
alcanzado la tercera luz, la de la "realización inmediata".
La cuarta luz es la de la "iluminación interior
profunda", y adviene a nosotros como por encanto en plena experiencia
mística.
"Aquí en el cuarto grado de vacío, mora el Hijo
de la Madre clara luz", declara un
tratado tibetano.
Hablando francamente y sin ambages, declaro lo
siguiente: La disciplina del sueño Tántrico es, en realidad, una preparación
esotérica para ese sueño final que es la muerte.
Habiendo muerto muchas veces por la noche, el gnóstico
anacoreta que haya capturado conscientemente a las cuatro Bienaventuranzas que
se presentan en la experiencia onírica, en el instante de la desencarnación
pasa al estado "post mortem" con la misma facilidad con que se
introduce voluntariamente en el mundo del sueño.
Fuera del cuerpo físico, el gnóstico consciente puede
verificar, por sí mismo, el destino que le está reservado a las almas después
de la muerte.
Si cada noche, mediante la disciplina Tántrica del
sueño, puede el Esoterista morir conscientemente y penetrar en el mundo de los
muertos, es claro que también puede, por tal motivo, estudiar el ritual de la
Vida y de la Muerte mientras llega el oficiante.
Hermes, después de haber visitado los mundos
infiernos, donde viera con horror el destino de las almas perdidas, conoció
cosas insólitas.
"Mira a ese lado -le dice Osiris a Hermes-. ¿Ves
aquel enjambre de almas que tratan de remontarse a la región lunar?. Las unas
son rechazadas hacia la tierra como torbellinos de pájaros bajo los golpes de
la tempestad. Las otras, alcanzan a grandes la esfera superior que les arrastra
en su rotación. Una vez llegadas allí, recobran la visión de las cosas divinas".
Los aztecas colocaban una rama seca al enterrar al que
había sido elegido por Tláloc, el Dios de la lluvia.
Se decía que al llegar el Bienaventurado al
"Campo de delicias", que es el Tlalocan, la rama seca reverdecía,
indicando con esto el regreso a una nueva existencia, el retorno.
Quienes no han sido elegidos por el Sol, o por Tláloc,
van fatalmente al Mictlan, que queda al norte, región donde las almas padecen
una serie de pruebas mágicas al pasar por los mundos infiernos.
Son nueve los lugares en donde las almas sufren
espantosamente antes de alcanzar el descanso definitivo.
Esto viene a
recordarnos en forma enfática a los "nueve círculos infernales" de la
Divina Comedia del Dante Alighieri.
Muchos son los Dioses y Diosas que pueblan los nueve
círculos dantescos del infierno azteca.
No está de más, en este Mensaje de Navidad 1974-1975,
recordar al espantoso MICTLANTECUHTLI y a la tenebrosa MICTECACIHUATL, "el
señor y la señora de infierno", habitantes del noveno o del más profundo
de los lugares subterráneos.
Las almas que pasan por las pruebas del "infierno
azteca", posteriormente, después de la "muerte segunda",
ingresan dichosas en los paraísos elementales de la naturaleza.
Incuestionablemente, las almas, que después de la
muerte no descienden a los mundos infiernos, ni tampoco ascienden al Reino de
la Luz dorada, ni al Paraíso de Tláloc, ni al Reino de la eterna concentración,
etc., etc., etc., se regresan o retornan en forma mediata o inmediata a un
nuevo cuerpo físico.
Las almas elegidas por el Sol o por Tláloc gozan mucho
en los mundos superiores antes de retornar al valle del SAMSARA.