CAPITULO XIX
PRÁCTICA DEL RETORNO
Cuando el aspirante ha realizado con pleno éxito todos
los ejercicios gnósticos relacionados con el esoterismo de sueño, es ostensible
que entonces se encuentra íntimamente preparado para la práctica del retorno.
En el capítulo anterior algo dijimos sobre el elemento
iniciador que surge como por encanto de entre las cambiantes y amorfas
expresiones de sus sueños.
Ciertas personas muy psíquicas, refinadas e
impresionables, han poseído siempre en sí mismas al elemento iniciador.
Tales personas se caracterizan por la repetición
continua de un mismo sueño; esos psíquicos reviven periódicamente tal o cual
escena o ven en sus experiencias oníricas, en forma constante, a ésta o aquella
criatura o símbolo.
Cada vez que el elemento iniciador -sea este último
símbolo, sonido, color o persona, etc.- es recordado al despertar del sueño
normal, el aspirante, con los ojos aún cerrados, continúa visualizando la
imagen clave familiar y luego, intencionalmente, tratará de dormirse nuevamente
prosiguiendo con el mismo sueño.
Con otras palabras diremos que el aspirante intenta
volverse consciente de su propio sueño y por ello prosigue intencionalmente con
el mismo, pero llevándolo al estado de vigilia, con plena lucidez y
autocontrol.
Se convierte así en espectador y actor de un sueño,
con la ventaja, por cierto nada despreciable, de poder abandonar la escena a
voluntad para moverse libremente en el mundo astral.
Entonces, el aspirante, libre de todas las trabas de
la carne, fuera de su cuerpo físico, se habrá desprendido de su viejo y
familiar ambiente penetrando en un universo regido por leyes distintas.
La disciplina del estado de sueño de los tántricos
budhistas conduce didácticamente al despertar de la conciencia.
El gnóstico sólo puede despertar, al estado verdadero
de iluminación, comprendiendo y desintegrando sueños.
Las sagradas escrituras del Indostán afirman
solemnemente que el mundo entero es el sueño de Brahama.
Partiendo de este postulado hindú, afirmaremos en
forma enfática lo siguiente: "Cuando Brahama despierta, el sueño
concluye".
En tanto el aspirante no haya logrado todavía la
disolución radical, no sólo de los sueños en sí mismos, sino también de los
resortes psicológicos que los originan, el despertar absoluto será algo más que
imposible.
El despertar definitivo de la conciencia sólo es
posible mediante una transformación radical.
Los cuatro Evangelios Crísticos insisten en la
necesidad de despertar; Desgraciadamente, las gentes continúan dormidas...
QUETZALCOATL, EL CRISTO MEXICANO, ciertamente fue un
hombre ciento por ciento despierto.
La multiplicidad de sus funciones también nos indica
con entera precisión lo antiquísimo de su culto y la profunda veneración con
que se le veía en todo centro América.
Los Dioses santos de Anahuac son hombres perfectos en
el sentido más completo de la palabra; criaturas absolutamente despiertas;
seres que erradicaron de su psiquis a toda posibilidad de soñar.
TLÁLOC, "el que hace brotar", Dios de las lluvias
y del rayo, siendo Dios es también un hombre despierto, alguien que tuvo que
eliminar de su psiquis no sólo a sus sueños sino, además a toda posibilidad de
soñar. Es el individuo sagrado principal de la antiquísima cultura olmeca, y
aparece siempre con la máscara del tigre-serpiente en las hachas colosales y en
diversas figuras de jade.
TEZCATLIPOCA Y HUITZILOPOCHTLI, criaturas del fuego,
vivas representaciones de la noche y del día, son también hombres despiertos,
seres que lograron pasar más allá de los sueños.
Fuera del cuerpo físico, el hombre despierto puede
invocar a los Dioses santos de los aztecas, mayas, toltecas, etc.
Los Dioses de los códices Borgia, Borbónico, etc.,
etc., etc., vienen al llamado del hombre despierto.